De la solución de dos Estados al proyecto del Gran Israel: mitología retórica y hechos consumados
Muchos israelíes creen en la viabilidad de dos Estados, sin percibir el grado de desarticulación que sufren las comunidades palestinas. En contrapartida, los palestinos experimentan la incapacidad de alcanzar un…
Introducción
El conflicto palestino-israelí ha estado marcado por la tensión entre el ideal de una solución de dos Estados y la realidad cotidiana de la expansión territorial israelí. Esta dicotomía ha alimentado una mitología retórica que apela al diálogo y al compromiso, mientras los hechos consumados sobre el terreno refuerzan un modelo llamado “Gran Israel”. Analizar esta narrativa exige remontarse a los orígenes del sionismo político, seguir su evolución tras la independencia de 1948 y trazar el impacto de la Guerra de los Seis Días de 1967 en adelante.
Orígenes del respaldo sionista a la partición de 1947
En 1937, la Comisión Peel concluyó que el Mandato Británico en Palestina era inviable y recomendó, por primera vez, la partición como solución al estancamiento del conflicto árabe-palestino y judío-sionista. Aunque el Consejo de ministros británico pidió más estudios, el informe reflejó un respaldo sionista matizado: aceptaron la partición como paso pragmático, pero mantuvieron reservadas aspiraciones sobre fronteras más amplias y futuros ajustes territoriales.
En 1947, la Agencia Judía apoyó con reservas la Resolución 181 de la ONU, que proponía la creación de dos Estados, uno judío y otro árabe, en Palestina. Este aval sirvió para legitimar internacionalmente el proyecto nacional judío y asegurar un espacio territorial reconocible. No obstante, ya en aquel momento existía un doble discurso: la aceptación de la partición se presentaba como un paso pragmático, mientras se mantenían en secreto aspiraciones a mayores extensiones de tierra. La retórica de la “solución justa” convivía con mapas y planes de contingencia que preveían una frontera más amplia.
El giro tras la independencia de 1948: hacia la seguridad existencial
Con la declaración de independencia de Israel en mayo de 1948, la prioridad nacional se centró en la supervivencia (David) frente a las poderosas potencias árabes vecinas (Goliat). La idea de “seguridad existencial” emergió como principio rector de la política estatal. A partir de entonces, la defensa de fronteras ampliadas pasó a considerarse indispensable para evitar futuros ataques. Ese cambio doctrinal empezó a desplazar el discurso sobre dos Estados hacia un discurso de fortaleza y control territorial como punto de partida de cualquier pretensión negociadora.
El sionismo revisionista y la metáfora del muro de hierro
Vladimir Jabotinsky, fundador del sionismo revisionista, plasmó en su ensayo “El muro de hierro” (1923) la convicción de que solamente un poder militar impenetrable garantizaría la implantación permanente del Estado judío. Su metáfora no solo se entendía en términos bélicos, sino también como legitimadora de asentamientos defensivos. Con el tiempo, esa idea se filtró en la política israelí y se tradujo en una práctica sistemática de ampliar los “muros”, reales y simbólicos, que delimitan a la población palestina. El muro de hierro caló hondo y pervive hoy en la forma de barreras físicas y virtuales.
La Guerra de los Seis Días y el salto cualitativo de 1967
La rápida victoria israelí en junio de 1967 supuso la anexión de Cisjordania, Jerusalén Este, la Franja de Gaza y los Altos del Golán. El control de estos territorios abrió la puerta a un proyecto de ocupación prolongada. Por primera vez, el Estado de Israel gestionaba directamente poblaciones palestinas y sus recursos sin horizonte de restitución. En la práctica, el discurso oficial seguía defendiendo la futura reanudación de negociaciones, mientras los colonos incrementaban su presencia en las tierras recién conquistadas, donde, además, convivía una doble legislación: civil para unos, militar para otros. Es lo que tiene la única “democracia” de Levante …
Hechos consumados: asentamientos y fragmentación territorial
Desde 1967, los gobiernos israelíes han impulsado un intenso programa de asentamientos en Cisjordania y Jerusalén Este. Cada año se aprueban nuevas unidades habitacionales destinadas a colonos judíos, construyendo carreteras exclusivas y puntos de control que separan comarcas y rompen la continuidad geográfica palestina. Esta política de hechos consumados persigue consolidar de facto la soberanía israelí y dificultar la viabilidad de un Estado palestino territorialmente contiguo. A pesar de las condenas internacionales, la expansión prosigue bajo el argumento de la seguridad nacional y los derechos históricos.
La Oficina del Alto Comisionado de la ONU para los Derechos Humanos advirtió en marzo de 2025 que la transferencia de competencias del ejército al gobierno civil israelí facilita la “integración progresiva” de zonas de Cisjordania al Estado de Israel y que esa expansión constituye violaciones del derecho internacional, incluido el desplazamiento forzado y la segregación sistemática.
Asimismo, la opinión consultiva de la Corte Internacional de Justicia sostiene que el mantenimiento, la construcción y la expansión de asentamientos equivalen a la anexión de grandes extensiones de territorio ocupado y vulneran el derecho a la autodeterminación del pueblo palestino
El muro de separación: manifestación física del muro de hierro
En 2002, Israel inició la construcción de la barrera de separación, un enorme perímetro de cemento y vallas electrificadas que discurre principalmente por territorio ocupado. La justificación oficial apeló a frenar atentados suicidas durante la Segunda Intifada. Sin embargo, la ruta del muro penetra profundamente en Cisjordania, dejando a miles de palestinos aislados de sus tierras y servicios esenciales. Esa infraestructura supone una materialización del concepto de muro de hierro y refuerza la fragmentación del espacio palestino.
Diplomacia “figurada” de dos Estados
A pesar del avance constante de los asentamientos, los ejercicios oficiales de política exterior de Israel han mantenido la retórica de la solución de dos Estados. Cada primer ministro ha declarado en foros internacionales su compromiso con una paz negociada. Esta diplomacia de señuelo sirve para aplacar a la comunidad internacional y evitar sanciones más severas. En el terreno, sin embargo, la destrucción de viviendas palestinas, la demarcación de áreas militares y las restricciones de circulación socavan cualquier posibilidad real de Estado independiente.
Instrumentos legales y administrativos de consolidación
El proyecto del Gran Israel se apoya en un entramado legal que va desde decretos militares (Ordenanzas Militares 59 y 101) hasta legislación de la Knéset (Ley de Propiedad de Ausentes de 1950, Ley de Adquisición de Tierras de 1953 yLey de Administración de Tierras de Israel de 1960). Las expropiaciones de tierras, los permisos de construcción casi imposibles de obtener para los palestinos y la paralización de proyectos de desarrollo comunitario crean un ambiente de subordinación permanente. Simultáneamente, la expansión de municipios israelíes en Jerusalén Este y la extensión de la ley israelí a los barrios anexados aseguran una integración gradual de territorios ocupados. Con ello se cimenta una realidad irreversible.
Evolución de la narrativa pública
En los albores del Estado, el sionismo apostó por obtener reconocimiento internacional y fronteras seguras. Con el tiempo, la prioridad pasó a ser el control estratégico de Cisjordania y Jerusalén Este, espacios considerados vitales para la identidad y la seguridad nacional. La narrativa oficial oscila entre la mención de soluciones futuras y el énfasis en amenazas inmediatas. Esta dualidad permite sostener internamente el respaldo social a la colonización mientras se mantiene un discurso de moderación hacia el exterior.
El proyecto del Gran Israel: orígenes y alcances
El concepto de Gran Israel se remonta a la visión maximalista de los fundadores del sionismo, que aspiraban a un Estado que se extendiera desde el Nilo hasta el Éufrates. Aunque esa meta extrema nunca estuvo formalmente adoptada, en la práctica se traduce en la política de control de los territorios bíblicos y estratégicos, desde el Jordán hasta el Mediterráneo. La ocupación de los Altos del Golán, la cuenca del Jordán y el Valle del Negev ejemplifica esa lógica expansiva. Cada asentamiento estratégico se concibe como un puntal del muro de hierro que asegura los límites históricos y religiosos.
Impacto en la sociedad israelí y palestina
La mitología retórica del diálogo frena el cuestionamiento interno sobre la ocupación. Muchos israelíes creen en la viabilidad de dos Estados, sin percibir el grado de desarticulación que sufren las comunidades palestinas. En contrapartida, los palestinos experimentan la incapacidad de alcanzar un estatuto digno pese a las promesas diplomáticas. Esa frustración alimenta ciclos de violencia y socava cualquier confianza en futuras negociaciones. La disputa entre mito y realidad deviene en un agujero negro de credibilidad.
Reacciones internacionales y dilemas éticos
La comunidad internacional condena con frecuencia la expansión de asentamientos y la construcción del muro. Sin embargo, las sanciones efectivas son inexistentes y las declaraciones de la ONU se estrellan contra el veto estadounidense. Este clima de impunidad refuerza la sensación de que los hechos consumados se consolidan sin contrapeso. El dilema ético reside en si cabe mantener la ficción de negociaciones mientras se aceptan las normas de una ocupación de largo plazo.
En septiembre de 2025, la Comisión Internacional Independiente de Investigación de la ONU concluyó que las operaciones militares israelíes en Gaza —asedios prolongados, bombardeos masivos, bloqueo de ayuda humanitaria y destrucción sistemática de infraestructuras— constituyen genocidio según la Convención de 1948. El informe documenta cómo las autoridades y fuerzas israelíes han cometido al menos cuatro de los cinco actos genocidas definidos legalmente y actúan con intención de destruir total o parcialmente a la población palestina de Gaza como grupo.
Negación oficial de la solución de dos Estados
A pesar de la retórica oficial sobre una paz futura, las declaraciones de los líderes del gobierno Netanyahu desmontan cualquier expectativa real:
Benjamin Netanyahu, al presentar el plan de 3.400 viviendas en la zona E1 de Cisjordania, afirmó sin ambages: “Dijimos que no se establecerá ningún Estado palestino y volvemos a decir que no se establecerá ningún Estado palestino. Este lugar nos pertenece. Cuidaremos de nuestro país, de nuestra seguridad y de nuestro patrimonio”.
Bezalel Smotrich, ministro de Finanzas y figura clave en el ala más radical del ejecutivo, ha declarado repetidamente que reconocer un Estado palestino equivaldría a un “premio al terrorismo” y ha calificado el proyecto de dos Estados como “inviable” e “imposible” en la práctica.
Estas posturas desmontan la retórica de compromiso y dejan claro que el discurso de dos Estados funciona como señuelo diplomático, mientras se refuerzan hechos sobre el terreno que agotan cualquier posibilidad de un Estado palestino viable.
La comunidad internacional, pese a condenas formales y resoluciones del Consejo de Seguridad, ha mostrado nula voluntad para imponer sanciones efectivas. El veto de Estados Unidos y la ausencia de medidas coercitivas alimentan la impunidad y refuerzan la percepción de que los hechos consumados se afianzan sin contrapesos.
Señalemos algo mínimamente positivo, aunque nada efectivo sobre la cruel masacre de los gazatíes ni sobre la crisis humanitaria que sobre ellos se cierne. Seguramente pensaran: “mira tú qué bien, España, Francia, Reino Unido, Canadá, Australia, … ha reconocido a Palestina … en 2025”. Yo diría: “Pues, quizá 300.000 muertos tarde”. El reconocimiento bilateral de más de 150 Estados sirve para conferir a Palestina:
Legitimidad diplomática y bilateral: cada Gobierno que reconoce al Estado palestino abre canales oficiales, establece misiones, invita a intercambios políticos y concede trato de jefe de Estado a su presidente. Esto refuerza en la práctica el principio de autodeterminación palestina.
Acceso a organismos y tratados internacionales: gracias al reconocimiento, Palestina puede afiliarse a agencias como la UNESCO, ratificar convenios o presentar denuncias ante la Corte Penal Internacional, convirtiendo su estatus en un instrumento jurídico más allá de la ONU.
Desde 2012 Palestina dispone de estatus de observador permanente en la ONU, lo que le permite intervenir en plenos y comisiones, pero no le basta para ser miembro de pleno derecho. Para ello haría falta un voto afirmativo de al menos nueve miembros del Consejo de Seguridad y ningún veto de los cinco permanentes, entre ellos Estados Unidos, que ha bloqueado repetidamente esa opción.
Perspectivas de una salida viable
Para que la solución de dos Estados recupere verosimilitud, sería necesario:
Congelación inmediata y desmantelamiento de todos los asentamientos y del muro.
Retirada total de fuerzas militares israelíes (FDI) de las áreas clave.
Garantías internacionales de seguridad para Israel y de soberanía para Palestina.
Compromiso efectivo de las potencias mediadoras para aplicar sanciones si alguna parte incumple.
Sin estos pasos, la ilusión de dos Estados chocará invariablemente con los muros de hormigón y los controles aduaneros.
Conclusión
La historia del conflicto palestino-israelí revela una mitología retórica que acabó por desmoronarse ante los hechos consumados. El discurso de dos Estados, nacido de la Comisión Peel y respaldado por la Resolución 181 de la ONU, sirvió para legitimar la creación de Israel. Sin embargo, la lógica de seguridad existencial, el legado del muro de hierro, los hechos de 1967 y las políticas de asentamiento han tejido un Gran Israel incompatible con la contigüidad territorial palestina. La paz segmentada de Oslo II y los muros que hoy dividen Cisjordania y Gaza exponen la contradicción entre promesa y praxis. Solo un cambio profundo —congelación de asentamientos, demolición de barreras ilegales, garantías proporcionales de seguridad y mecanismos internacionales vinculantes— podrá deshacer el nudo gordiano de una ocupación de largo aliento y recuperar la credibilidad de la solución de dos Estados.
Lo dijo muy bien el presidente del gobierno de España, Pedro Sánchez, en sede de NNUU: ¡Que la injusticia no nos sea indiferente! Ojalá veamos algún resultado más pronto que tarde, especialmente por los hombres, mujeres y niños que “viven” en Gaza. @mundiario





